Fernando lanzó un madrazo y estuvo cerca de tumbar el televisor al apagarlo con su mano. El aparato es de perillas, no de control, Zenith de 14 pulgadas y casi en color, casi en blanco y negro, casi televisor. Un segundo antes, y pese a que el cuerpo le dolía por el cansancio, a las carreras se levantó de la única silla que hay en el remedo de sala de su remedo de casa. Es una silla vieja, de varillas metálicas oxidadas y delgaduchas como él, con cojines de espuma mal recubiertos por una especie de tela plástica rota y rojiza que se ve como cuero. Hace 10 años la encontró desvencijada, vuelta nada, en una calle de Boston, al lado de un montón de basura, y se la llevó pero no para venderla en la chatarrería ni como quincalla.
Como si fuera mecedora, la silla quedó bailando, adelante-atrás-adelante. Hacía calor, aunque la noche estaba fresca. Fernando sacó su paquete de Caribe, encendió el cigarro correspondiente a la cena, para matar el hambre de las nueve, y dio los tres pasos que requería para quedar en el quicio de la puerta, única vía de ventilación en su casita de adobes, donde se suele acumular el sofoco del día. Allí, parado, divisó las pequeñas y lejanas luces de la ciudad que a diario recorre con su carretilla, y los cercanos techos de palos y zinc que van bajando como en peldaños. Dio varias chupadas en silencio hasta que una señora que pasó frente a él le arrancó un saludo. Intercambiaron palabras formales y sonrisas de encías. Ella siguió por la callecita de tierra hasta que media cuadra más arriba abrió una reja y se perdió por entre la gran boca negra de la entrada. A lo lejos, se empezó a oír un ruidito como el de una música rítmica mezclada con voces de todos los tonos.
Mañana hay que madrugar, no es hora de ver más pendejadas. Sentenció Fernando antes de lanzar la cuzca al suelo. Suficiente había tenido con la rabia de hacía cinco minutos. Cerró la puerta y se acostó con el repertorio de sus tripas, que sólo recibieron bocado al mediodía, un pan y un milo de Todo a 500.
Con la imagen de la vecina, en vano trató de hacer memoria: Ya ni me acuerdo cuándo fue la última vez que me comí a una vieja. A lo sumo, y eso sí muchas veces, lo habrán mandado a comer mierda. En la cama, un armatoste de madera con un colchón de rayas sucio y oloroso a tabaco y a orines, al lado de la cocineta de piedra, delante del baño, a cuatro pasos de la silla, frente al televisor, persistía su indignación. Uno de "los famosos" había dicho que aguantar hambre fue lo más difícil de su participación en el programa pero que ahora todo estaba mejor, y mientras hablaba con la boca llena, la pantalla mostraba unos platos llenos de carnes, verduras, pescados, arroces. ¡Qué van a saber! ¡Qué van a saber! Se repetía. ¡Qué van a saber! Seguía, como arrullándose con un estribillo de la ira que le explotó al ver la escena: ¡Qué van a saber estos hijueputas lo que es hambre!
Poco le faltó para agarrar el aparato a patadas.
Jesús López Martínez
No hay comentarios:
Publicar un comentario