sábado, 21 de agosto de 2010

Ganar

Aunque es hábil con un balón, y va al estadio, y se sabe la historia de los equipos y reconoce a los jugadores profesionales por sus nombres, Juan David nunca se tomó en serio eso de ser futbolista. Y no lo piensa hacer. Menos ahora, que el fútbol le ha mostrado el camino.
En la cancha de arena del barrio, todos los martes sus amigos lo esperan con ansia. Muchos dicen que es el mejor, el cerebro del equipo. Si faltando 10 para las 7 no ha llegado, lo llaman o mandan a uno de los más chicos a su casa. Si nada, aguardan hasta agotar la paciencia de los competidores. O empiezan sin él, pero con la esperanza de su arribo. Igual, los cotejos suelen extenderse por horas, dependiendo de cuánto se demoren en meter los 5, 10 ó más goles pactados para el ganador.
Pero ya casi no juega los partidos completos. En cualquier momento le empieza a doler la rodilla derecha, la de la cicatriz larga y profunda como la huella de una culebra pequeña, y ahí se tiene que salir porque no aguanta. Hace tres años, cuando tenía 13, se reventó la cuerda que de la parte trasera del bus los halaba a él y a su bicicleta rumbo a Robledo. Rodó, se raspó, se golpeó, se fracturó, sangró, se le marcó medio cuerpo. Un año después, con sus amigos se consiguió otra bicicleta.
Hoy, Juan David está feliz porque volvió a ver cómo el equipo del que es hincha ganaba de nuevo. 1-0, suficiente. El goleador, el ídolo, se lució: ¡qué forma de jugar, de eludir contrarios, de juntarse con sus compañeros, de provocar a los rivales, de golpearlos sin que el árbitro lo viera, de patear el balón, de fingir faltas! En una de esas vino el triunfo. Celebró a todo grito con sus adolescentes compañeros de la barra juvenil que siempre va al estadio. Y no es para menos: el equipo es primero en el campeonato profesional.
Les confesó que quiere ser como el goleador, porque él es un ganador y a todos les gusta, todos quieren seguirlo, imitarlo. Y jura que tiene que aprender su astucia, esa sutil forma de hacer trampa sin que lo descubran, pero arriesgándose, poniéndose en el límite, comportándose como un varón. ¡Así es como se triunfa en la vida. Si no, mírenlo a él! La emoción no le cabe.
Duda en regresar a la cancha. Allí nunca podrá jugar como su ídolo. Pero en el resto de la vida sí podrá ser como él.
Después, lo piensa mejor. Seguramente el martes sí vuelva. Pero habrá que ponerle emoción al partido. Quizá comience apostando dos, tres o cinco mil pesos.

Jesús López Martínez

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