En su esclerótica, alcanzó a observar unas diminutas líneas rosadas,
como hilitos que se bifurcaban formando figuras parecidas a raíces.
Luego, se vio reflejado en el iris ocre que siempre lo llevaba a
buscarla. Y se sorprendió con la pupila azul, que parecía un ser vivo,
aumentando y disminuyendo de tamaño constantemente.
Al volverla a ver, sintió el paso de mil años y de un nanosegundo al
mismo tiempo. Recordó entonces cuán dentro la llevaba, cuán viva
estaba y cuánto la había visto, amado, soñado. Estuvo a pocos
centímetros de su rostro pero le dolió el abismo que los separaba. Y
deseó volver a recorrerla despacio, con su olfato, con su tacto, con
su lengua, con su corazón, y esta vez no con los ojos cerrados.
Jesús López
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